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EL MUNDANAL RUIDO

Miguel Sandoval Lara

Miguel Sandoval Lara

Miguel Sandoval Lara, Economista por vocación, sociólogo por adopción, analista político por necesidad, fervoroso lector de libros de historia, amante incansable del cine.

Correo: masandoval1492@gmail.com

La crisis de Morena y la tendencia a concentrar el poder

En la siempre frágil democracia mexicana, los 18 años desde el 2000 en que el PAN alcanzó por primera vez el Poder Ejecutivo, fueron un experimento exitoso de alternancia en el poder que demostró que la democracia mexicana sí funcionaba. El problema fue que, para nuestra desgracia, los cambios trajeron gobiernos fallidos. Ni Fox, ni Calderón ni Peña estuvieron a la altura de los retos nacionales: la violencia que generaba el crimen organizado, el tristísimo crecimiento económico que no rebasaba el 2%, la permanencia de la desigualdad social.

Es así como, en una situación sin precedente, el joven partido Morena, constituido apenas formalmente en 2014, llega al poder en 2018, conquistando también mayorías parlamentarias. Un presidente fuerte asumía el ejecutivo con un partido hecho al vapor, como un adolescente nombrado para dirigir una empresa, sin la experiencia y madurez necesaria para sacarla adelante.

En estos dos años Morena ha mostrado más debilidades que fortalezas. No pudo —tal vez ni siquiera se lo propuso— integrar un padrón de miembros activos, pospuso varias veces la renovación de su dirigencia por conflictos internos, su primera dirigente fue acusada de malos manejos financieros, y algunos de sus diputados presentaron proyectos al vapor, de principiantes, aparentemente sin apoyo del gobierno mismo. Eran propuestas de facciones o de microfacciones. Su única utilidad ha sido dar al Presidente las mayorías necesarias para aprobar sus iniciativas. No más.

En el otoño del 2020 ya era necesario que Morena renovara su dirigencia para enfrentar las elecciones intermedias de 2021, pero esta experiencia ha resultado problemática. Al no existir un padrón confiable, se tuvo que recurrir el método propuesto por el Presidente de aplicar una encuesta. Sin experiencia en este procedimiento, en sus primeras etapas, los candidatos se empezaron a inconformar con el método. Al reducirse a dos los candidatos finales, el resultado inesperado del empate generó una crisis y una división en Morena, de por si un partido sin disciplina.

Muñoz Ledo, viejo lobo de mar, se declaró triunfante y mostró un talante excesivamente combativo y agresivo. ¿Por qué? Veo dos posibles explicaciones: el que lo hayan maltratado mucho en la Cámara de Diputados, ignorando sus propuestas y aislándolo de la mayoría de su partido, y sus antiguas querellas con Marcelo Ebrard, que tal vez vienen de años, o al menos desde su nombramiento como canciller. Hay que recordar la oposición militante, vociferante, de Porfirio a las políticas adoptadas ante los migrantes centroamericanos y en general, frente a las posiciones asumidas ante el gobierno de Trump. Delgado y Muñoz Ledo se han agredido de forma desproporcionada, mientras sorpresivamente el Presidente adoptaba una posición de no intervención.

El 12 de octubre AMLO declaró que el caos en Morena era algo “muy común en la política” (¡), y que él no se metía “en cosas partidistas”. Desde una gran lejanía, agregó que la transformación que quiere llevar a cabo es “un movimiento plural, amplio e incluyente” que “tiene que ver con los ciudadanos” y no con los partidos. Nomás. 

A mi manera de ver, tratar a Morena como un ente ajeno ha acentuado la actual crisis de la agrupación. Más aún, al no tener el partido un programa político claro, al ser una agrupación heterogénea, que sumó a personas con distintas visiones e intereses, no hay quien los ponga en orden, ni siquiera para renovar su dirigencia de forma civilizada. En estas mismas páginas Fernando Pescador atinadamente ha llamado a esta coyuntura la “falta de institucionalización de Morena” (15 de octubre).

Se va ahora hacia la segunda (o tercera) encuesta, en la que probablemente ganará Mario Delgado, quien deberá caminar cuesta arriba para reconciliar a los divididos. Sin embargo, esa tarea no será imposible porque en política el poder en un factor unificador, siempre y cuando haya puestos y prebendas que repartir, y un mínimo de disciplina.

En todo esto se advierte que la clara tendencia del Presidente a acumular poder tiene muchos costos: en principio lesiona y debilita al partido que lo llevó ahí, como lo estamos viendo, pero adicionalmente tendrá costos más graves para las no tan fuertes instituciones del Estado, empezando por los dos otros poderes, que tanto trabajo ha costado levantar. El poder unipersonal es una repetida enfermedad latinoamericana que no ha tenido buenos resultados en ningún lado, ni será funcional para un país amplio, politizado, complejo y plural como México.

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