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LO COMÚN

Ernesto Castillo

Ernesto Castillo

Ernesto Castillo, Licenciado y maestro en Filosofía con mención honorífica por la UNAM. Es especialista en Filosofía contemporánea.

Correo: ernestoffyl@unam.mx

Entonces, ¿para qué la Filosofía?

Cuando alguien dice que estudia o estudió Filosofía, es casi obligado preguntar a renglón seguido para qué sirve –además de imaginar que se trata de “leer mucho” (algo aburrido para un país como México)-. Hoy en día, cuando es palmario que una licenciatura no sólo lánguidamente promete un futuro más cómodo, sino que ya se muestra como insuficiente para ganar un lugar socioeconómico, no sobra un intento por regresar a la sempiterna pregunta de nuestra época tecnificada: ¿para qué sirve la Filosofía?

Nunca me ha gustado esta última pregunta. Creo que está mal planteada y, en el intento de explicar por qué, espero responderla. Cuando nosotros preguntamos para qué sirve algo, inmediatamente incorporamos a ese algo en una red de útiles hechos o diseñados para cumplir una finalidad: la Medicina sirve para mantener o recuperar la salud en la medida de lo posible; la silla sirve para sentarse; el telescopio sirve para observar y establecer medidas en el universo… Es decir, preguntamos y respondemos por un universo ya construido en donde ese algo ha de tener un lugar. Hay una intención ansiosa de práctica o acción cuando preguntamos “para qué sirve”, en donde puede haber una decepción al no haber una respuesta inmediata que dé sentido a ese algo.

La Filosofía, visto de esta manera, no sirve para nada –y en ese “defecto” consiste su virtud–. A diferencia de otras profesiones o quehaceres, en donde el objeto de estudio está claro y esperamos un producto inmediato al ejercerlos (el Derecho, la Contaduría, la carpintería, la Música, etc.), en la Filosofía mal hacemos en esperar un producto acabado que ocupe un lugar en nuestro universo simbólico ya diseñado. La Filosofía, más bien, consiste en dar un paso atrás ante ese universo simbólico ya constituido. Es decir, la Filosofía es interrogar por las condiciones de eso que nos parece obvio y natural. Filosofía, por tanto, es la actividad intelectual de descomponer ese entramado de sentido en donde todo tiene un lugar legítimo. Si el mundo es visible bajo la luz del día, la Filosofía es esa noche del mundo en donde lo obvio queda en suspenso, para entonces dar espacio a una nueva comprensión y construcción; a un nuevo amanecer.

De lo anterior no debe colegirse que la Filosofía no tiene ninguna repercusión en nuestra realidad. Lo que hace la Filosofía es desfigurar y encontrar nuevos horizontes –e incluso problematizar la propia palabra de “horizonte”-. La Filosofía es la búsqueda de la contingencia que subyace a lo obvio, pero en esa búsqueda tiene una actividad simultáneamente creativa en cuanto construye el marco bajo el cual esa contingencia se hace inteligible. Para decirlo pronto: cuando encuentro la contingencia en lo que me parecía obvio, se abre el espacio para reconstruirlo, reorientarlo y reorientarme, y en ello se juega nada más y nada menos que la manera en como habito mi presente y lo que hago con él.

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