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VERDADES INCÓMODAS

Venus Rey Jr.

Venus Rey Jr.

Compositor de música sinfónica, escritor, ensayista y académico. Analista en política, cultura y arte.

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mail: venusrex@hotmail.com

Turistas asesinadas en Tulum: “¿Daño colateral?”

1. Los grupos delincuenciales han llegado a un grado de cinismo increíble. Toman ciudades, se balacean sin importarles que haya gente inocente alrededor, se exhiben en redes sociales y hasta intervienen en las elecciones, si no es que sus mismos integrantes ocupan cargos públicos.

2. México se dirige irremediablemente a convertirse en un narcoestado. O tal vez ya lo sea desde hace algún tiempo. Desde luego hemos padecido narcogobiernos en todos los niveles. Hay alcaldes y gobernadores que trabajan al servicio de carteles, y hoy está documentado que en el gobierno de Felipe Calderón, el secretario de seguridad pública de este país encabezaba una estructura criminal al más alto nivel, con la anuencia del presidente de la república.

3. Pero no hay que confundir el concepto de narcoestado con el concepto de narcogobierno. El narcoestado consiste en que el poder más grande no es el poder público, sino el poder de los criminales; en otro sentido, en un narcoestado los criminales tienen sometida a la población y al poder político, ejercen el terror, se apropian de los espacios públicos, incluso de ciudades y regiones enteras, y dejan ver su presencia en todos los aspectos de la vida social; en un tercer sentido, más técnico, en el narcoestado la presencia de la delincuencia organizada se percibe a simple vista en los elementos del Estado: territorio, población, soberanía, gobierno, orden jurídico, organización política. Un narcogobierno es simplemente un gobierno de felones o al servicio de felones. El narcoestado es algo mucho más grave porque es la descomposición total y absoluta del Estado.

4. México ha tenido innumerables narcogobiernos. No digo que el actual gobierno federal lo sea –he llegado a pensar en esa posibilidad–, pero sin duda hay presidentes municipales y hasta gobernadores que son miembros de grupos criminales o trabajan para ellos. Pero aún cuando el gobierno federal y el presidente de la república no fueran criminales ni trabajaran para ellos, el proceso por el cual el Estado mexicano se convierte en un narcoestado parece irreversible. No quiero ser pesimista, pero la política de este gobierno federal está fracasando tan dramáticamente como la de sus antecesores.

5. Nada ha funcionado, y por lo visto nada va a funcionar. El problema rebasa por mucho a cualquier presidente. Lo que a continuación diré es terrible, pero parece ser la verdad: aún si se implantara en México una durísima dictadura militar, ni así podría solucionarse el problema de la seguridad pública, pues las fuerzas armadas en su conjunto (ejército, marina, fuerza aérea, guardia nacional) no tienen la capacidad para imponerse simultáneamente en todo el territorio. Ni siquiera tienen la capacidad de imponer el orden y la paz en una entidad federativa (Michoacán, Tamaulipas, Quintana Roo, Guerrero, Sonora, Jalisco, Zacatecas, por mencionar algunas); ni siquiera en un municipio. El gobierno y el poder público en este país están sostenidos por alfileres.

6. En la semana que acaba de pasar fuimos testigos de dos hechos de sangre abominables. Primero, el asesinato en Tulum de turistas inocentes. Segundo, las balaceras y narcobloqueos en Matamoros. Me voy a referir solo al primero de estos hechos, porque las víctimas inocentes eran turistas y porque esto afecta sobremanera nuestro turismo y la imagen de México en el mundo.

7. En el colmo del cinismo, grupos delincuenciales, sin pudor alguno, se agarraron a balazos en pleno centro de uno de los destinos turísticos más importantes del país, Tulum, y mataron a dos turistas extranjeras e hirieron a otras tres. Murieron dos jóvenes mujeres, una de la India y la otra de Alemania. Si los delincuentes son capaces de esto es porque no sienten ningún respeto por la autoridad y porque se saben impunes. Saben que pueden hacer lo que quieran, como quieran, donde quieran, cuando quieran, y que nadie les hará nada. Ellos se orinan y defecan en la cara del presidente municipal, en la cara del gobernador, en la cara de los jefes militares, en la cara de los jefes de la guardia nacional, en la cara del presidente de la República. Los criminales se saben más allá del alcance de la ley y se pitorrean del “Estado mexicano”.

8. Marciano Dzul, alcalde morenista de Tulum, minimizó los hechos y afirmó que se trató de un caso aislado y que las víctimas fueron “daño colateral”. Algunas palabras y verbos admiten un modo pasivo o un modo activo. En la modalidad pasiva, (de patior, que significa sufrir, padecer; de ahí el famoso passus sub Pontio Pilatos) la palabra “daño” se refiere a una pérdida que se sufre, ya sea en la integridad física o en los bienes; el “daño” es, pues, la pérdida o menoscabo. En la modalidad activa, se refiere al agente (de agire, actuar, obrar) que provoca esa pérdida o menoscabo. El daño en cuanto sufrido es la modalidad pasiva; el daño en cuanto causado es la modalidad activa. Yo creo que el “daño colateral”, en la modalidad activa del término, es el alcalde Dzul y todos sus antecesores, que han permitido que Tulum se convierta en lo que hoy es: un paraíso para los delincuentes y un lugar inseguro para los turistas. El “daño colateral” en la voz activa del término son todos los gobiernos de México, incluido el actual.

9. Hablar de las víctimas como “daño colateral” (en el modo pasivo del término), si bien no es técnicamente erróneo desde la gramática, me parece frío e inhumano. Es como decir: “pues sí, caray, qué pena, unos rufianes se agarraron a balazos y, pues las turistas estaban ahí cenando, qué le vamos a hacer, y, pues les tocó balazo cruzado, daño colateral, pues para qué andan cenando fuera si pudieron haberse quedado en sus cuartos de hotel… ni modo, les tocó…”

10. ¿Dónde estaba la policía municipal? ¿Dónde estaba la policía estatal? ¿Dónde estaba la Guardia Nacional? Ahí estaban, solo que no sirven para casi nada. Yo voy con frecuencia a la llamada “Riviera Maya” –trabajo, no placer–, y noto siempre la presencia de fuerzas armadas. Uno va por la carretera que conecta Cancún con Playa del Carmen y Tulum, y se advierten pickups, tanto de la policía estatal como de la Guardia Nacional, con personal armado y apuntando para todos lados con sus metralletas. Algo horrible, por cierto. Y también están lo policías municipales, siempre muy pendientes de tus placas, porque si manejas un auto rentado suelen detenerte para ver qué te sacan. Una vez me detuvieron los estatales sobre la carretera. Después de ver mis documentos y de un amenazador ¿a dónde va?, ¿qué hace aquí?, ¿por qué va solo en el auto?, etcétera, les expliqué que venía a dar una conferencia en una universidad en Cancun –yo me hospedaba en Playa del Carmen, con un familiar–, y que si no me permitían el paso, llegaría tarde. Les mostré mi credencial de profesor universitario. Un simple conferencista de Derecho Constitucional suscita más sospechas que los criminales. Ello me lleva a pensar que todo ese despliegue de fuerzas es una pantomima, una farsa, una representación teatral para que se diga que todo está en orden, que el Estado mexicano no es un Estado fallido y que el gobierno trabaja en pos de la paz y del bienestar de los ciudadanos. Pero la violencia en la Riviera Maya, y en todo México, sigue.

11. Lo que ocurrió en Tulum no es un caso aislado, como cree el alcalde Dzul. La violencia es ya crónica y sistemática en todo Quintana Roo y en buena parte de México, y nadie ha podido frenarla. Si yo fuera extranjero, con un viaje en puerta a Tulum, y viera la noticia de las turistas asesinadas, quizá cancelaría mi viaje o me iría a otro destino en otro país. El caso fue abordado por los principales periódicos del Reino Unido, Francia, Italia, Estados Unidos, España, y hasta en la India, pues una de las víctimas era de allá. Alemania emitió una alerta recomendado a los turistas alemanes no visitar Tulum ni Playa del Carmen.

12. La joya de la corona del turismo nacional es la Riviera Maya, y Tulum es uno de sus más importantes puntos. Si no hacemos algo ya, la perderemos, como perdimos Acapulco para el turismo internacional. Quizá ya es demasiado tarde.

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