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LA HORA DEL FIKA CON VIVIS LEVET

Viviana Levet

Viviana Levet

Viviana Levet, Periodista y comunicóloga. Ayer Forbes, hoy El Capitalino. Mexicana de tez gruesa. Bailarina clásica, aficionada a la literatura y devota de la escritura. Me río como toda feminista: en voz alta.

Instagram: @vivislevet

Twitter: @vivislevet  

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¿Un fika o qué? en la tierra del Vikingo

No se escucha nada más que el palpitar de los dedos contra las teclas, uno que otro clic y de vez en cuando alguien aclarándose la voz. Nadie trae audífonos y mucho menos se les ocurre poner la música en el altavoz de la computadora. No hablan mucho entre ellos más que para alguna duda estrictamente de trabajo.

Eso sí, a las 10 de la mañana, casi sin ver el reloj, como si su cuerpo lo supiera por rutina, se levantan por el primer “fika” del día. Así se dice: Fika. Es una tradición sueca, sino es que la más arraigada en su cultura, que literalmente se traduce a “una pausa”, “un break” para echar cafecito, chal y un tentempié que, por lo general, son galletas, pastelitos o cualquier derivado del pan dulce y las harinas blancas.

Decirle a alguien que quieres ir por “fika” es decirle: “Vámonos por un cafecito y pan dulce para chismear a gusto. Porque si las penas con pan son menos, los chismes con pan son mejores. 

Me presento: Soy Viviana Levet y aunque Suecia es ahora mi casa, México siempre será mi hogar. Por supuesto que ni en mis más remotos sueños imaginé que dejaría todo por venir aquí, y mucho menos que viviría una pandemia como migrante, periodista y desempleada. Dejé a mi familia, mi trabajo (que primero me dejó él a mí, pero eso se los contaré más adelante) y mis libros en un rincón del Estado de México y me vine con mi novio (también mexicano) a vivir al país donde la navidad dura seis meses. En un año aprendí un idioma nuevo, a cocinar sin incendiar mi departamento, que la casa no dura ni un día limpia y que no todos los días en los que se llora y se extraña son necesariamente “malos”. Simplemente son días, como todos los demás.

Esta sección no es para comparar a México con Suecia porque en la situación económica y de inseguridad en la que se encuentra nuestro adorado país, no hay comparación que le haga justicia a la balanza. Soy como los fanáticos del Necaxa o del Cruz Azul: Yo le voy a México, aunque perdamos. 

Habrá detractores y haters que me tacharan de traidora y poco mexicana, pero he descubierto que si lo que escribes no enfada a alguien, no estás escribiendo en lo absoluto, y que el código postal no es lo que hace a uno mexicano, ni mucho menos a uno decente. No necesito decir nombres de altos funcionarios políticos y empresariales que, aunque su acta de nacimiento diga una cosa, sus actos y sus tranzas indican exactamente lo opuesto a los valores patrios de los mexicanos.

Así que “tomémonos” un momento a la veracruzana, con leche y azúcar morena, por favor, y hablemos de lo que hacen otras culturas para fortalecer la tolerancia entre sus habitantes, sus políticas del respeto a las mujeres y la tecnología para prevenir actos de corrupción. Pero, sobre todo, y aunque les sorprenda, entendamos los ojos con los que los extranjeros, en este caso los suecos, ven a los mexicanos.

Además, ¿qué tanto es tantito?

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