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LA HORA DEL FIKA CON VIVIS LEVET

Viviana Levet

Viviana Levet

Viviana Levet, Periodista y comunicóloga. Ayer Forbes, hoy El Capitalino. Mexicana de tez gruesa. Bailarina clásica, aficionada a la literatura y devota de la escritura. Me río como toda feminista: en voz alta.

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“¿No va a ir por ti?”

Mi mamá me pregunta preocupada que porqué decido caminar en la noche, incluso hay veces que noto que prefiere quedarse conectada en la videollamada sin importar que no me platique nada nuevo hasta que he llegue sana y salva a mi hogar.

“No, mami. No hay necesidad”, le digo para tranquilizarla.

Los lunes y los miércoles salgo tarde de dar clase, alrededor de las 21:30, y camino treinta minutos hasta nuestro departamento, o 10 minutos hasta la parada del camión cuando el frío es de verdad inaguantable. Ella me cree, pero tristemente, no termina de comprender de lo que le hablo, porque su realidad es muy distinta a la mía.

Desde que vivo en Suecia, sólo una vez he sido atacada en este trayecto oscuro a mitad de la nada. Mi agresor decidió cruzarse en mi camino y aprovechar lo negro de las noches en estas latitudes para pasar desapercibido, pisarme y salir corriendo después del grito que he pegado y de la caída estrepitosamente ridícula, musicalmente acompañada por supuesto, de un gran grito agudo de miedo, o como dicen algunos “así como gritan las niñas”. A la hora de caer he tirado el celular que, a su vez, al tocar el piso y hacerme el favor de no estrellarse, ha alumbrado lo suficiente para mostrarme la escapatoria y la naturaleza de mi atacante. Una liebre.

Estoy acostumbrada a verlas en el día y decir en mi mente “¡mira, un conejote!” pero después de este encuentro directo con un cuasicanguro, aprendí a respetarlas y a llamarlas por su nombre.

No la culpo, lo ciego del anochecer ha obligado a los suecos que viven en las afueras de las ciudades, a incluir en su reglamento de tránsito y peatones el uso de cintas reflejantes, lámparas, reflectores o cualquier objeto que genere brillo para alertar sobre su presencia en la calle o en la banqueta. En otras palabras, así es como evitan ser atropellados por automóviles, alces o, en mi caso, liebres salvajes.

Camino porque he aprendido a valorar mis pasos en la obscuridad y en el silencio total, no hay día que no agradezca que puedo caminar sin miedo, no hay día que no se sienta como la primera vez que lo hago y no hay día que no me sienta, de cierta manera, algo culpable porque mi madre no entiende de lo que hablo, porque mi hermana tampoco, ni las amigas, ni las primas, ni las compañeras de trabajo que dejé en México, que caminan por una oscuridad muy diferente a lo opaco del cielo, que si bien no ennegrece tanto el color de las noches, basta para esconder, incluso durante las horas del día, la presencia de abusadores, asesinos, violadores y personas dispuestas a lastimar a una mujer, sólo porque es mujer.

Para los que no me conocen, soy mexicana y llevo 18 meses viviendo en tierras nórdicas y, hasta la fecha, no termino de acostumbrarme a la sensación de caminar en paz, a la sensación de asombro y agradecimiento al cosmos, por darme un privilegio del que NINGUNA mujer goza en México.

En todo este tiempo, marzo siempre es el mes más difícil. Hace un frío húmedo que derrite la nieve, pero congela las calles. Porque, aunque lo blanco del invierno se esfuma lentamente, aún impide la llegada de la primavera y las temperaturas por encima de los 3°C.

Marzo es el más difícil, porque es el mes en el que canto, desde lejos, que a las mexicanas nos sembraron miedo, pero nos crecieron alas. Porque es el mes en el que escucho, desde otro huso horario, las burlas de un presidente que defiende violadores y un gabinete que osa vestirse de morado y descalificar al movimiento feminista al mismo tiempo.

Marzo, porque es el mes en el que vuelvo a leer nombres pintados en carteles, calles y vallas, de las que marcharon el año pasado, y que este año, alguien más marchó en su lugar. Porque es el mes en el que no puedo salir a apoyar a mis amigas y sentir la sororidad histórica de, lo que, gasta ahora, ha sido el movimiento de resistencia más organizado en México. Y si no me creen a mí, pregúntenselo a los titulares del planeta.

Marzo, porque es el mes en el que odio que me feliciten por ¿sobrevivir? Y porque detesto meterme a redes sociales para enterarme que volvieron a rociar gas lacrimógeno a las manifestantes o leer comentarios que justifican una valla que lo único que representa, es que a estas autoridades no les importa la lucha, ni la sangre derramada, siempre y cuando no se dañen monumentos que simbolizan una libertad simulada que sigue esclavizada por la inseguridad, la violencia y el machismo.

Porque es el mes en el que digo, ¿cuántos marzos más?

Al contrario de lo que se piensa en Palacio Nacional, el mundo, o por lo menos el nórdico, no ve a un gobierno mexicano protegiendo sus monumentos, si no violentando a sus mujeres. Lo aclaro por la preocupación del señor presidente ante la imagen del país a nivel internacional con respecto al muro que, efectivamente cómo dice él, no habla de su miedo, sino de su completa falta de empatía y cuidado por la seguridad de más de la mitad de la población mexicana.

Marzo es difícil, porque es el mes que aquí significa nada. Porque ser mujer aquí significa nada.

Significa no tener qué pensar en qué tengo que ponerme para no provocar a los hombres. Significa no tener preparado el gas pimienta o el botón de emergencia en el teléfono. Significa no tener qué avisar en casa ni compartir mi ubicación. Significa no tener miedo a desaparecer. Significa no tener qué pensar en cuidar mi cuerpo de manoseadas o miradas incómodas. Significa que no tengo qué hacer nada para ser respetada, para ser considerada un pinche ser humano con derecho a vivir mi vida de manera pacífica.

Significa nada. Nada. Nada.

Nada de violaciones, nada de abusos, nada de piropos, nada de brecha salarial, nada de torteadas en el transporte público, nada de descalificaciones por pertenecer al sexo fuerte, al sexo que da vida dentro de su vientre, al sexo que sangra cada mes, al sexo que se elige incluso por voluntad propia de las personas transgénero, al sexo que sostiene la mitad del cielo y la mitad de México también, si no es que hasta más.

Me levanto después de maldecir al animal y reírme en secreto de mí, me sacudo la tierra y reviso la pantalla de mi celular, agradecida, para seguir mi camino sola entre la niebla y las bajas temperaturas, con ganas de llegar a casa y echarme un fika y el chisme real de la corona británica completito que, toca un tema igual de delicado que el feminismo, pero que dejaremos para otro fika.

El resto del camino pienso en cómo puede ser posible que esta liebre que no me haya escuchado pasar a pesar de mi tono de voz, imbécilmente alto, y que puede ser corroborado por aquellos que me conocen más por mis palabras habladas que por las escritas. Extrañamente, su paso y su susto me han hecho reflexionar en lo que mi novio me ha platicado sobre la estrategia AGILE, (que por traducción literal no puede aplicarse a mi manera de caminar, claro está) una metodología que se usa en los proyectos de administración de software y que se define por tres etapas: ‘Empezar a hacer’, ‘dejar de hacer’ y ‘seguir haciendo’.

No, no soy ingeniera en software, pero sí soy muy chismosa. Soy periodista.

Entonces pienso en cómo tenemos, como feministas, que empezar a incluir a todos los sexos en esta lucha, para que hombres, empresas, instituciones, directivos y presidentes dejen de normalizar conductas sexistas y patriarcales, y en que debemos de seguir resistiendo, con paciencia y resiliencia hasta que una liebre tire al gobierno en turno para enseñarle a respetarnos y a llamarnos por nuestro nombre.

Para que llegue un día, “así como gritan las niñas”, en el que el grito sea de libertad y no de miedo. Para que llegue de nuevo marzo y conmemoremos que ser mujer significa nada, más que ser humano, y que nuestra única preocupación sea echarnos un fika porque este frío no me joda (ni mejodadá).

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