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LA HORA DEL FIKA CON VIVIS LEVET

Viviana Levet

Viviana Levet

Viviana Levet, Periodista y comunicóloga. Ayer Forbes, hoy El Capitalino. Mexicana de tez gruesa. Bailarina clásica, aficionada a la literatura y devota de la escritura. Me río como toda feminista: en voz alta.

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Ni tolerar, ni callar, ni asentir

Aquí se considera una falta de respeto no asistir a perder el tiempo a los fikas entre colegas de la oficina. Y es que, al contrario de los mexas, los suecos son en extremo tímidos. Y cuando digo en extremo, me quedo corta al grado de que las personas que se conocen no se saludan todos los días, y ni hablemos de dar beso y abrazo. Ellos dicen que “no es necesario”.

No es que sean unos desequilibrados sociales, simplemente no están acostumbrados a hacerse amigos de todos los taxistas, peluqueros, decoradoras de uñas y hasta viene-vienes.

Otorguémosles el beneficio de la duda, que es (o debería ser) un derecho humano. Tal vez no sea porque no quieran, sino porque no tienen con quién. No existe esa cantidad de personas en cada esquina con las cuales se pueda entablar una relación amistosa. Están acostumbrados a los espacios vacíos, al silencio, a la poca densidad poblacional. No entienden por qué los mexicanos “nos preparamos” para entrar al metro, ni porqué perdonamos a todos los que nos dan un jab accidental con una bolsa o una mochila de manera ocasional en el autobús.

Y justo para eso crearon el fika. No para perdonar a la gente que los golpea accidentalmente en el transporte público, no. Sino para obligarse a verse, a interactuar entre ellos y a escuchar al otro por lo menos durante 40 minutos al día, estén o no estén de acuerdo con sus ideas. Algo que ni las “benditas” redes sociales han logrado hasta la fecha. No debaten, no entran en conflicto. Sólo escuchan y asienten.

Le dicen “tolerans”, me parece. Quién sabe qué significará. El sueco como lenguaje es tan complicado, caray.

Pero hay ocasiones en las que uno no debe tolerar, ni callar, ni asentir. Lo digo específicamente por el caso de Félix Salgado Macedonio y su reciente candidatura a la gubernatura del estado de Guerrero.

Lo escuché en las noticias, pero, afortunada o desafortunadamente (como dirían algunos: “hay que ver el contexto”), no fui la única que lo escuchó. Porque estaremos bien pinche lejos, pero bien conectados.

Existe una corriente oceánica, cálida y superficial, que se origina en el Golfo de México y se extiende hasta la punta de Florida, pasando por las costas orientales de Estados Unidos, antes de cruzar el océano Atlántico y llegar a estas costas nórdicas como la Corriente del Atlántico Norte.

Y así como la Corriente del Golfo viaja casi 9 mil 300 kilómetros (googlénlo si no me creen), así lo hacen también las malas noticias. Tan malas, que pueden hacer que hasta los suecos entren en conflicto en pleno fika. Serán vikingos, pero tienen su corazoncito.

Si lo entienden ellos, que en español lo único que saben decir es “u-na-cer-ve-za-por-favor”, que no lo entienda el Presidente, me parece un insulto a todas las mujeres (mexicanas o no) que no tendrían por qué incluir el “no ser violada” en su lista de preocupaciones pendientes.

Es verdad que en boca cerrada no entran moscas, pero habemos mujeres que preferimos comer moscas a tragarnos mentiras. Uno pensaría que entre más lejos, menos duele. Pero México me duele igual o peor a -12°C.

Hay muchas cosas a las que me he adaptado en estas tierras, como a caminar con cuidado en el hielo, a sentarme sola en el autobús, a no decirle “Hola, buenos días (tardes, ya) a cada desconocido en la calle, a dar clases de ballet en un idioma extremo y a tomar agua de la llave, pero a callarme jamás.

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