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LA HORA DEL FIKA CON VIVIS LEVET

Viviana Levet

Viviana Levet

Viviana Levet, Periodista y comunicóloga. Ayer Forbes, hoy El Capitalino. Mexicana de tez gruesa. Bailarina clásica, aficionada a la literatura y devota de la escritura. Me río como toda feminista: en voz alta.

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Entrenamiento de Guerrero Águila

El primer fika es a las 10 de la mañana sin falta, y Dios no permita que se nos pase el de las 3 de la tarde. De hecho, en lugar de tener lo que muchos Godínez llaman el “Puercotón”, los retos en las oficinas consisten en quien logra sobrevivir más días sin cafeína. Porque, como no es suficiente tomarse dos cafés entre horas de oficina, muchos beben café en el desayuno, previo al trabajo, y se echan otro para cenar. Es decir, el sueco promedio toma entre 4 y 7 tazas de café al día (y no dudo que haya mexicanos que superen estos números), porque los mexicanos no estamos solos cuando se trata de convertir nuestras inseguridades en malos hábitos alimenticios. No, señor.

Aquí le hablo específicamente a los amantes del habanero y el picante, entre otras formas tradicionales de masoquismo.

Pero el fika no es exclusivo de Suecia. En México, entre “Godínez”, amas de casa, ninis, estudihambres, americanistas e idealistas también existe esta costumbre, sólo que no tenemos una hora específica para hacerlo (porque cualquier hora es buena, básicamente), ni tenemos un concepto particular para definir la acción de “echar chal” o “echarnos un cafecito” a media mañana cuando ya se nos secó el cerebro y necesitamos energía prestada de la tierra para poder continuar con nuestras tareas del día, mínimo hasta la hora de la comida.

Por lo menos, yo así lo hacía (por godín e idealista, no por americanista, que quede MUY claro). Llegaba a la redacción entre 8 y 8:30 de la mañana (ajá sí claro) y antes de la junta editorial de las 12 de cada lunes, me escapaba con la Sofifí (así le decíamos de cariño) por un cafecito al Starbucks de Lomas Plaza en la Miguel Hidalgo para poder sobrevivir a esas juntas famosas porque pudieron haber sido un correo.

Eran trece minutos caminando desde el que era nuestro edificio. Recuerdo el tráfico inmenso en ese cruce caótico, a mi amigo limpiaparabrisas del semáforo de Palmas que siempre saludaba al final de mi jornada laboral, y el eco ensordecedor de los cláxones en disonancia al cruzar hacia Periférico o dar vuelta hacia Ferrocarril de Cuernavaca. Si el café no nos hacía despertar, la sinfonía del tránsito seguramente lo lograba.

Teníamos que gritarnos para poder entender lo que la otra iba diciendo, que eran generalmente burlas sobre la toxicidad de las relaciones que se daban entre los colegas de la oficina, de nuestras ideas maravillosas para levantar la calidad del contenido y cómo no se nos tomaba en cuenta por ser “jóvenes” e “inexpertas”, o de nuestros sueños frustrados por nuestros sueldos de pacotilla como buenas “millennials” recién graduadas.

Me distraía viendo el cielo y los enormes edificios de alrededor, o cuidando que mis pasos no fueran a caer en un socavón (o en alguna mala decisión). Siempre deteniéndome y volteando a ambos lados antes de cruzar la calle porque maleducados e imprudentes hay en todas partes y en todos los idiomas.

Íbamos casi de la mano, moviendo un pie detrás del otro, rapidito, rapidito y volteando a todas partes, apretando las pompis, tapando cualquier escote y cuidándonos una a la otra tanto de los coches como de cualquier mirada cargada de incomodidad o malas intenciones.

Pensaba en los privilegios que tenía y le agradecía al universo para asegurarme de nunca dar por hecho que eran “condiciones normales” de vida. Pensaba en mi futuro y temía por mi vida como mujer, pensaba en todo lo que tenía que ahorrar para poder independizarme, en la explotación laboral y la elusión de impuestos, en la gente que no tenía las mismas oportunidades que tuve yo, en cuántos niños de la calle no comerían ese día, en la contaminación del día y en lo entrenada nivel guerrero águila que estaba por mi país para vencer cualquier obstáculo relacionado a la inseguridad, la corrupción, la burocracia o el desempleo. Claro que no me imaginaba a los obstáculos que me enfrentaría después, mucho más lejos de ese cruce caótico. Ya si llovía, nevaba o relampagueaba, el clima era la última de mis preocupaciones.

Aquí también salgo por mi fika, pero no al Starbucks. Los suecos, como buenos europeos, no son muy fanáticos de comprar café a una cadena estadounidense. Tampoco salgo con la Sofifí. Una porque ya no está y dos porque, los suecos, así como que digas “uta, qué amigables”, tampoco. Salgo solita y enseñando talones (cuando es verano, claro), sin apretar las pompis y como mamávan en pleno domingo en la alameda: papando moscas.

Me distraigo viendo el cielo (porque edificios altos no hay muchos) o la nieve derritiéndose debajo de mis pasos en invierno.  Eso sí, sigo deteniéndome y volteando a ambos lados antes de cruzar la calle, porque maleducados e imprudentes hay en todas partes y en todos los idiomas.

Pienso en todos los privilegios que tienen los nórdicos y me pregunto si los valorarán o si darán por hecho que son “condiciones normales” de vida. Pienso en mi familia y en cuánto la extraño. Temo por el idioma, el trabajo y la incertidumbre de mi vida diaria, pero luego recuerdo en lo entrenada nivel guerrero águila que estoy por mi país para vencer cualquier obstáculo. Desde que inició el año no ha dejado de nevar y la temperatura no ha subido de -4°C, pero honestamente, el clima siempre ha sido la última de mis preocupaciones.

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