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APUNTES

Guillermo Fabela Quiñones

Guillermo Fabela Quiñones

Guillermo Fabela Quiñones, Periodista, analista político y escritor de larga trayectoria. fue subdirector editorial de El Universal durante diez años, ha colaborado en diarios y revistas de México y América Latina.

Correo: guillermo.favela@hotmail.com

Twitter: @VivaVilla_23

Sin asomo de autocrítica, el regreso

Ayer lunes regresó a su habitual conferencia matutina, en Palacio Nacional, el Presidente López Obrador. Las dos semanas sin acudir a ese escenario, no le sirvieron para recapitular sobre el significado político de tal ejercicio. Cabe esta afirmación, ya que no hizo ningún cambio en el formato y contenido, lo cual después de dos años no abona en absoluto a su imagen, muy desgastada por los cotidianos enfrentamientos verbales que usualmente tiene, de modo por demás innecesario y estéril.

El objetivo de dichas conferencias, de evitar la desinformación a la ciudadanía, se convirtió en un muestrario de acusaciones contra quienes ejercen la crítica al poder, como parte de la tarea de servir a la sociedad. Con tal actitud, cabe considerar, se desfasa de su función de jefe del Estado mexicano; se coloca en el centro de disputas cotidianas que son parte fundamental de la vida democrática. Contraviene su postura de firme defensor de la libertad de prensa, cuando se inconforma con sus críticos.

Como Presidente, no debería enredarse en pleitos con los medios, mucho menos personalizar a quienes lo critican. Eso equivale a rebajar su investidura, la cual dice colocar por encima de cualesquier circunstancias. Sus días de inactividad, parece no fueron aprovechados para hacer una sana autocrítica, tarea vital para seguir cumpliendo sus actividades cotidianas. No lo hizo, como se observó en su conferencia de reinserción al espacio mediático.

Se esperaba que, ante la oportunidad de aprovechar la ausencia por el contagio, hiciera caso al consejo que le dio, con la mejor buena voluntad y simpatía que por él tiene, Elena Poniatowska, cuando la entrevistó Álvaro Delgado hace tres semanas. No lo hizo, sino que regresó con más ímpetu a confrontarse con los medios, continuar con su diagnóstico de que la corrupción es la causa de todos nuestros males, afirmar de manera contundente que “vamos muy bien”.

La historia de los pueblos nos enseña que lo que bien empieza, mal acaba cuando se pierde el sentido de la autocrítica en sus gobernantes. Lo hemos visto repetidas veces en nuestro país. La más costosa, cuando Benito Juárez se consideró a sí mismo como imprescindible, y sólo la muerte evitó que su imagen histórica se perdiera entre los tantos estadistas que se olvidan de verse a sí mismos tal como realmente son: seres humanos con virtudes y también defectos, los cuales se hacen más notorios al paso de los años.

Por algo Giovanni Papini escribió: “Temo a un solo enemigo que se llama yo mismo”. Estas palabras debieran tomarse como una gran verdad, por todos, pero particularmente por quienes tienen ingentes responsabilidades políticas. Sin duda, la corrupción es uno de los grandes males de nuestra patria, mucho más si no se cortan de tajo sus raíces. Y eso no se está haciendo, como lo patentizan hechos concretos. El más evidente: haber frenado la construcción de un partido, Morena, acorde con la seriedad y firmeza de los cambios prometidos.

¿Acaso es mentira que, en este momento, es un amasijo sin forma ni contenido, como el resto de los partidos? Sin duda hay crítica malévola, mal intencionada, sin bases en la realidad. Pero también existe, como es mi caso, la que se hace con la sana intención de impulsar las transformaciones que urgen en el país para superar los retos de un futuro que se vislumbra muy negro. Y no sólo por la actual pandemia y las que vienen, según el vaticinador de calamidades, Bill Gates, sino porque no hay visos de que se pretenda modificar la relación entre la cúpula financiera y empresarial con el Estado.

Según el Presidente, “vamos por el rumbo correcto”, mientras que la pobreza, la pandemia más mortal, se mantiene en más de la mitad de la población del país. Se ha demostrado que las políticas asistencialistas no pasan de ser demagogia, que lo único para frenar el flagelo y corregir sus causas estructurales, es la redistribución de la riqueza. Eso no se está haciendo, en ningún sentido. ¿Acaso minimizar la pandemia, como lo sigue haciendo con su ejemplo, no demuestra ausencia de autocrítica elemental?

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