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Pedro Cervantes: domador de metal

por | Oct 29, 2020

Escultor y herrero como él mismo se denominaba, modeló con manos y destreza obras que conquistaron galerías mexicanas, americanas y un par más de tierras lejanas. Tocó el bronce pulido con la misma sutileza que el cuerpo de una mujer avivando el resplandor de la sensualidad del metal pesado. Eso nos compartió en su arte tridimensional el recientemente fallecido Pedro Miguel de Cervantes Salvadores a sus 87 años a causa de un paro cardiaco, informaron autoridades de la Secretaría de Cultura.

El artista mexicano considerado como escultor muralista se entusiasmó por las técnicas experimentales de la época de juventud e influenciado por David Alfaro Siqueiros, de quien fue buen amigo incorporó elementos escultóricos a sus pinturas de gran formato. Condecorado con múltiples premios y reconocimientos entre los que destacan: el Premio “Elías Sourasky” en 1968, el Premio “Salón de la Plástica Mexicana” en 1972 y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes por el gobierno de México en 2011.

En su obra plasmó la belleza del cuerpo femenino que lo mismo danza, posa y se transforma en torsos sin identidad que cubren y se descubren de su propio símbolo. Pero fue la fascinación de un equino la que despertaría su apreciación estética desde muy temprana edad, deseaba poseer uno, pero ante la imposibilidad se apropió de su imagen, de su representación para hacerlo suyo.

No es difícil de comprender, la esencia de este animal ha motivado desde las representaciones más antiguas del rupestre paleolítico hasta obras artísticas contemporáneas, su esencia es tan inabarcable como polivalente; lo mismo es fuerza que velocidad, su escultural presencia impacta, pero su temperamento delicado se funde con el cariño de una mano humana.

La tradición de domesticar hermosos equinos salvajes en las antiguas civilizaciones mediterráneas culminó con la obtención de maravillosos ejemplares, que posteriormente quedarón inmortalizados en esculturas, prueba de ello son los llamados «Caballos de San Marcos» atribuidos al escultor Lisipo aunque el misterio de su origen sigue sin resolverse. Luego la cultura grecorromana abonará buena parte con sus magníficos frisos y bultos redondos que hoy nos deleitan en sus calles-museo.

Después el Renacimiento nos heredará obras magníficas de esculturas, pinturas, gráfica, y estudios que consolidan el arte ecuestre, son los grandes artistas arreando con sus pinceles manadas de caballos desde entonces obras maestras del arte europeo. Acá en México llegaron tardíamente con los españoles hasta entrado el siglo XVI, pero ya con una cargada memoria histórica que también incluyó maestros atemporales como el escultor ruso del siglo XIX Evgeny Alexandrovitch Lanceray (1848-1886) que contiene en bronce su cabalgata con la maestría de una instantánea.

El maestro Cervantes continúa la evolución y la lleva un paso más adelante, estiliza la forma, mezcla el metal y el vacío en un resultado poderosamente bello. Es el aire que se cuela entre las crines de sus equinos, la misma que alborota la cola y define sos músculos. Su trabajo es amplio y su estilo diverso obteniendo en vida reconocimiento de sus obras y buenos lugares de exhibición, pero sin duda los caballos le enamoraron la pupila y los caballitos de tequila la garganta. Fue un gran conocedor del buen ver y del buen beber, aprovechando siempre la oportunidad de recitarle un verso -con la elocuencia y gracia que lo caracterizaron- a la bebida, así, en femenino: “la tequila” ¡por hechicera!

Descanse en paz el maestro que domó los caballos de bronce y los de cristal.

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