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ROTOS PARA DESCOSIDOS

Leticia Chaurand

Leticia Chaurand

Estudió filosofía en la Universidad Veracruzana, con estancia académica en el seminario de semántica filosófica, del Consejo Superior de la Investigación Científica de Madrid. Ha dado clases de Lógica, Historia de la filosofía, Ética y Filosofía en México; y charlas sobre filosofía del lenguaje y filosofía de las matemáticas, en las Universidades Iberoamericana e Intercontinental.

Más adelante, sus intereses se orientaron al análisis existencial, y estudió logoterapia. Dio cursos sobre el sentido del trabajo y sobre las dinámicas de relación; y en filosofía, sobre las ideas que forjaron la forma de vida occidental, sobre filosofía de la existencia y sobre el sentido del ser femenino, en la librería El Péndulo.

Correo: leticia@techila.com

Desplantar a un árbol

1.
Ese día salí de parque, no le hace por qué, porque estaba alicaída y sin acento, es decir: alicaida, como sin remiendo. Se me ocurrió que a lo mejor no era la única, cuando vi un señor abrazando un árbol. Sabía que eso se hace, a veces, pero debo contar lo que noté: las ramas del árbol lo rodeaban también; estaba siendo correspondido.

Tal vez aquél era, también, un abrazo de los que piden algo. Pero, ¿qué le falta a un árbol? Ellos nos dan sus aretes de granada, las hojas de helicóptero de sus mandarinas… y se la pasan viendo que nos vamos.

Seguí caminando, resguardada por la sombra en hilera que me daban todos esos árboles. Son nuestra sombra, ¿qué tal si, en silencio, quieren ser nuestra sombrilla?, ¿qué tal si están inmóviles porque están soñando?, ¿qué tal si sueñan con irse, con moverse, con correr, con jugar a las guerritas de tierra o a los rehiletes cuando llueve?

2.
Intrigadísima, me acerque a un árbol y esperé a que no viniera nadie. Me dirigí a él, extendiéndole la mano, y el árbol me dio su rama; sacó sus raíces de la tierra y las sacudió. Nos fuimos caminando. Su enorme torpeza del principio se fue agilizando al ritmo de una música, que venía ya no sé de dónde, de Ben Jordan o de algún puesto de jugos.

Me sentía orgullosa con él, ideando felices planes: íbamos a adueñarnos de las banquetas; yo iba tejerle su propia hamaca gigante, a hacerle un shampoo de nubes, a correr a su alrededor hasta marearme.

Lo planté en mi jardín y él estaba siempre ahí con los brazos abiertos, entero, elevado, incólume y tan bien plantado como todo un él, como un David imperturbable; callado como un sabio, pero sin juicios como un sabio bueno.

3.
Con embargo, un día me subí a él y vi con sus ojos: estaba viendo el mar. Yo no lo sabía: ahí estaba el mar detrás de todas las bardas.

Este pobre quería algo desde siempre, y digo “pobre” porque querer no es un mal
menor -no hay descanso para quien quiere-.

Advertí que mi árbol ya no era mío, era del mar- uno puede acabar perteneciendo a aquello que desea, así, lánguido como un imbécil, poseído por aquello que quería poseer-. Mi árbol estaba haciéndose persona: desarraigado, desarbolado, desplantado.

Nos fuimos en un barco enorme y él, se tiró al agua, como otros, que dejan sus piernas de tronco en la playa, ¿los has visto?

4.
Otro día, encontré cartelitos en varios puntos del parque: mostraban el dibujo de un árbol que, a su vez, enarbolaba una bandera con un árbol. Cada cartel decía: “Desplanta a un Árbol” (Me llamó la atención la declinación: en efecto, se planta un árbol, pero se desplanta a un árbol). Los arranqué todos y los tiré puntualmente en el bote para papeles.

5.
Fui luego al hueco que mi árbol había dejado y metí las piernas en la tierra, para medio- enterrarme; solo para albergar aves en silencio y proyectar claroscuros, solo para dar frutos sin querer, y despeinarme con el aire. Al fin que solo tenía libertad qué perder.

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«Sostengo que el deber más alto entre dos personas que tienen un vínculo, es que cada uno cuide la soledad del otro.» — R M Rilke

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